El Desfile y Festival Dominicano de la ciudad de Providence, un evento que por derecho propio tendría que ser la máxima vitrina del orgullo, el arte y la riqueza folclórica de nuestra vibrante diáspora en Rhode Island, se ha transformado, lamentablemente, en un club cerrado y selectivo, visto que lo que nació con el noble propósito de unificar a una comunidad trabajadora hoy proyecta la sombra del oportunismo, desvirtuando su misión original para convertirse en una corporación hermética que responde a intereses particulares.

Esta preocupante realidad se hace evidente al examinar los mecanismos de control que rigen la estructura interna de la organización, la cual funciona bajo un esquema cerrado que impide la participación democrática de nuevos liderazgos, o sea, al definirse la entidad, prácticamente, como un patrimonio de carácter familiar, se bloquea sistemáticamente el ingreso de cualquier dominicano que desee aportar ideas frescas o exigir la transparencia que un evento de esta magnitud requiere.

El daño más profundo e irreparable de este monopolio organizativo recae directamente sobre los valores artísticos y culturales locales, quienes son marginados de manera deliberada de los escenarios principales de la parada dominicana y a menos que un creador cuente con un padrino político, un patrocinio económico de gran envergadura o un lazo de familiaridad con los directivos, sus posibilidades de exhibir su talento en esta plataforma son nulas.

Es inaceptable que la identidad de todo un pueblo sea utilizada como un escudo comercial para captar cuantiosos recursos económicos mediante quioscos, patrocinios corporativos y fondos institucionales, sin que exista un retorno visible. La cultura dominicana en Providence no se promueve con discursos vacíos una vez al año, sino apoyando los talleres folclóricos, las comparsas de barrio, las becas estudiantiles y los proyectos comunitarios que hoy carecen de presupuesto.

La complicidad de los sectores con poder político y económico agrava sustancialmente la situación, ya que estos actores validan con su presencia y financiamiento una estructura que excluye a la base comunitaria que los eligió, razón por la cual los oficiales electos y las empresas patrocinadoras deben entender que su respaldo económico no puede seguir financiando el beneficio de un pequeño grupo, sino que debe condicionarse firmemente a una apertura institucional inmediata.

Ante este panorama de exclusión y evidente estancamiento, la diáspora dominicana de Rhode Island no puede permanecer como una simple espectadora pasiva que asiste a las calles Broad y Elmwood a aplaudir un espectáculo privatizado. Se hace necesario que los pequeños comerciantes, las asociaciones profesionales y los gestores culturales unan voluntades para exigir auditorías claras y demandar la democratización real de un espacio público.

Si la actual dirigencia insiste en mantener las puertas cerradas al relevo generacional y al talento local, la comunidad tendrá la responsabilidad histórica de construir sus propias plataformas independientes de expresión artística porque la dominicanidad es un patrimonio colectivo intangible que le pertenece a cada quisqueyano que con su sudor levanta este estado, y bajo ninguna circunstancia puede seguir siendo secuestrada por el criterio de una familia.

Desde la tribuna de CICLONOTICIAS.NET, hacemos un llamado enérgico a la reflexión, a la fiscalización ciudadana y a la acción comunitaria para rescatar el verdadero espíritu de nuestra gran fiesta patria en Providence. El desfile debe volver a ser el espejo de un pueblo alegre, solidario y profundamente democrático, devolviendo el protagonismo absoluto a la gente y a los creadores culturales que sostienen con orgullo nuestra bandera.